viernes, 8 de mayo de 2015
Entrada hacia el lenguaje
Aún me quedan etéreos recuerdos sobre aquel sueño. Recuerdo una meliflua melodía de piano que sonaba mientras caminaba por aquel inefable bosque, era muy conmovedora aquella escena, parecía como sonámbulo. Podría definir esa época de mi vida como la mejor, pues dicha época parecía estar regida por la serendipia que desde siempre parece acompañarme. Cuando todo me iba perfectamente en la vida, la señora limerencia venía importunadamente hacia mí. Estaba sentado en la falda de esa floral montaña observando el arrebol que el Sol producía sobre las nubes y el efecto de iridiscencia que producía sobre la cascada del río que fluía bajo mis pies. Aquella luminiscencia que poseían sus ojos resultó ser una potente epifanía. La soledad, aquella puta tan bajuna, me descubrió que sería presa del olvido tras mi muerte, que todo sería tan efímero como la incandescente luz de una vela que se desvanece encerrada en el interior de un vaso. Me desperté bastante sobresaltado, casi como una píldora efervescente en un vaso con agua. Por una vez de muchas recordaba lo soñado de una manera muy tenue, casi como una aurora aunque tan profundamente que me resultó casi inmarcesible. Fue un sueño demasiado elocuente, tanto que me provocó extrañeza hacia mí mismo y creando un desenlace casi trágico, percibí como las profundidades de mi mente me revelaron lo fugaz que es la vida.
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