En una noche de invierno con un gran Sol, vi una manada de cerdos volar de flor en flor. Saqué mi navaja trapera, sin mango, sin hoja y apuñalé mortalmente a uno que ya estaba muerto. La policía, que me vio, me perseguía en un carretón sin muelles, yo me escapaba cabalgando en mi caracol a la velocidad del rayo, cuando de repente me caí por un precipicio de centímetro y medio. De todo lo que me desangré a aquel lugar le llamaron el Mar Rojo. Me quedé en coma y solo recuerdo mariposas comiendo bellotas, y un viejo niño, que leía un periódico sin letras a la luz de un candil apagado. En la página 874 de aquel periódico aparecía una niña de noventa y cinco años que se había congelado en un incendio y su esqueleto sin huesos pero con carne tenía un cuchillo con el que se atravesaba el cráneo. También recordaba a la tatarabuela de mi tatarabuela entrando en mi habitación diciendo:
- ¡Dame sed que tengo agua! y se iba corriendo a congelar pedos en el brasero.
Me desperté y vi a uno de los guardias, que me mató con una roca de madera.
Al día siguiente, estando en la misa de mi entierro, el cura dijo:
-Oremos.
Y yo entendí "caguemos"
Así que me bajé los pantalones hasta las rodillas y me cagué en toas' las sillas.
Y el cura dijo:
-Atrapad a ese loco.
Y yo que había entendío' que había cagao' poco, me subí los pantalones hasta las orejas y me cagué en toas' las viejas.
La que sabía nadar, se ahogó, y la que no, mierda tragó.
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