Pues bien, acababa de conocer a esta simpática gatita de color pardo y ya no podía dejar de soñar sobre como sería su muerte. Soñaba tanto dormido, como despierto (cosa frecuente en mí). Lo estuve meditando mucho tiempo. Todo tenía que ser perfecto para la ocasión. Tal y como cualquier asesino a sueldo de un califa de los Emiratos Árabes Unidos habría premeditado durante meses, solo que yo, lo tenía pensado desde hace pocas semanas. Barajé cientos de opciones entre los cuales se encontraba poner un cable de acero a su paso mientras hacía deporte. ¿No lo había dicho antes? Ella corría. Me pareció muy poco sofisticado, muy poco fiable y seguramente alguien me estaría viendo, posiblemente una cámara, que siempre me pregunto donde están, que no las veo pero me graban. También se me ocurrió la idea de utilizar cianuro potásico, pero tampoco me parecía muy sofisticado. El forense concluiría de forma rápida y concisa de lo que se trataba. También pensé en un falso suicidio; una soga o quizás el clásico de los cortes en las muñecas en el aseo. En un final pensé en la electrocución en una bañera pero, ¿Cómo la conseguiría tener quieta y amordazar? Eso supondría ruido y un estrangulamiento con huellas, no muy recomendable. Medité la opción de un arma pero sería cara, muy difícil de conseguir por mi parte y demasiado ruidosa además. Ahogarla, tirarla desde su azotea, amputarle todos sus miembros con un hacha o machete o quizás atarle un bloque de hormigón y tirarla al mar fueron posibilidades también. Lo último que se me ocurrió fue degollarla y no hablemos de la opción prenderle fuego, la cual descarté rápidamente, no por la falta de moral, sino porque no te puedes imaginar el ruido que provoca una persona ardiendo, corriendo y rodando por el suelo intentando extinguir sus llamas, inextinguibles por la sencilla razón de que ya la habría rociado bien con gasolina. Me quedé en blanco, cuando de repente a los dos días me vino una potente idea a la cabeza:
Podría envenenarla a base de un zumo de hojas de baladre y luego meter su no muy grande cuerpo en un bidón de polietileno de baja dureza y llenarlo de ácido clorhídrico, el cual desintegraría por completo el cadáver y vertería posteriormente su contenido en dos garrafas de combustible, que llevaría al mar, introduciría en un barco alquilado y volvería a verter, pero esta vez en el mar. Por definición, un asesinato sin pruebas y relativamente sencillo, que daría por finalizada la vida de esta simpática gatita.
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